LAS NECESARIAS ESTAFAS DEL TELEMARKETING (Parte I)
28 sep 10LAS NECESARIAS ESTAFAS DEL TELEMARKETING (Parte I)

Los seres humanos sentimos una extraña fascinación por lo fantástico, por lo maravilloso e increíble.Necesitamos que nos cuenten cuentos..., y creer en ellos. En el fondo mismo de nuestros corazones, nos gusta ser engañados; tal vez porque el creer en lo maravilloso como una posibilidad real nos permite acceder a mundos fantásticos y a cualidades y características que quisiéramos poseer y experimentar, gozando y disfrutando de ellas de alguna manera.
Esa es la realidad del hombre desde que, alrededor de la fogata, alguno de los primeros hombres primitivos con vena de narrador, fue agregando a sus historias de caza gestos más elocuentes -y después términos superlativos- para agradar aun más a los compañeros, niños y señoras oyentes que no habían participado de la cacería, pero que escuchaban la narración azorados, con los ojos muy abiertos y estremeciéndose con las peripecias de la misma bajo el violeta cielo estrellado.

Quizá el oficio de narrador y de poeta se estructuró como actividad económicamente rentable aun antes del comercio sistemáticamente establecido. Las prolongaciones psico-socio-históricas consecuentes de aquellos primeros contadores de cuentos -en el sentido más noble y literal- se extendieron ramificándose hasta introducirse en otras muchas actividades humanas, y hasta convertirse en otras más, por derecho propio. Homero contaba historias, Confucio también; Sócrates, ni se diga; Platón le ponía de su cosecha al transcribir las de Sócrates. Jesús, Paulo de Tarso, Lucas, Marcos, Mateo, Juan y San Agustín, Demóstenes, Tácito y Cicerón, Esopo, Esquilo, Zenón, Mahoma, Shakespeare, Borges, Joyce..., y millones más, más o menos conocidos y famosos, a lo largo de los siglos.

La fascinación que ejercen los cuentos en nuestra psique tiene mucho que ver con que, al salirse de lo cotidiano, primeramente atraen nuestra atención, y al ofrecernos posibilidades mágicas, no sólo excitan nuestra imaginación y nuestros propios poderes y capacidades de estructuración de ideas, sino que nos ofrecen un mundo de posibilidades alternativas -usualmente mejor que en el que vivimos-, en el que nos sentimos a gusto sumergiéndonos, a pesar de saber, en mayor o menor grado, que ese otro mundo fantástico y maravilloso, no es real ni verdadero. Creemos porque nos gusta creer. Creemos lo que nos gusta creer. Creemos -simplemente- en aquello en que queremos creer.

Y por ello, somos felices leyendo historias y escuchando a quienes nos las cuentan. Historias y cuentos que nos sacan, elevándonos, de ese fango cotidiano, miserable y aburrido, y que nos permiten soñar y nos alimentan el alma y el espíritu con las ilusiones que necesitamos para paliar nuestros dolores y desgracias, para sentirnos mejor y para tener un poco más de fuerza para seguir luchando al día siguiente. Por ello escuchamos la radio con atención, hojeamos revistas de cómics, leemos Cosmopolitan, Vogue y Playboy (...y Playgirl), nos sumergimos en la apasionada lectura de novelas como Madame Bovary, El Conde de Montecristo, Don Quijote de la Mancha, El Código DaVinci, y Crimen y castigo, y vemos en las pantallas caseras: C.S.I. y las vomitivas telenovelas. Y por ello también, acudimos gustosos a oír esas historias en los teatros, en las salas de conferencias, en los cines, frente a los púlpitos dentro de las iglesias y templos, frente a los estrados en los mítines y actos políticos y de campañas, incluso en las plazas públicas al hacer corro para los merolicos y, en nuestra casa frente al televisor, al abrir babeantes la boca frente a los prodigios y maravillas que nos cuentan los genios del telemarketing...(continuará)
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